miércoles, 11 de junio de 2014

Jose Luis Alonso de Santos, «Salvajes». Análisis de la obra (1ª parte)

La obra que vamos a analizar a continuación se trata de Salvajes, de Jose Luis Alonso de Santos, y está ambientada en los suburbios de Madrid donde se ha desatado la marginalidad y la violencia debido al contacto con las drogas, la delincuencia, la cultura skin-head y, en menor medida (aunque también muy influyente) la prostitución y el paro.


La salida de la tía Berta de la cárcel será el detonante de toda la trama de la obra, esta, nada más entrar en la casa, ve a su sobrina Bea con uno de los clientes del club de alterne Siglo XX en el que trabaja, además sus otros dos sobrinos: Mario y Raúl no están en casa (pues están haciendo el vándalo con sus amigos skins) con la primera acotación, Alonso de Santos ya nos transporta a esos ambientes marginados y cargados de podredumbre moral y social tan característicos del autor.

A lo largo de la escena primera se ha puesto evidente cómo la incomunicación y la falta de unión caracterizan las relaciones que mantienen los tres hermanos entre sí durante el encarcelamiento de su Tía. Para los tres sobrinos, esta casa se convirtió simplemente en un lugar para dormir.


Hay momentos de la obra donde Berta interactúa con los geranios no sólo como metáfora de la realidad sino también para transmitirnos el fenómeno de la violencia: esos sobrinos que no nacieron violentos pero que, ante el descuido que sufrieron durante la ausencia de la Tía, se parecieron a los geranios que nadie los atendió regando y cuidando. La consecuencia de esto era o la muerte por falta de atención o crecer con salvajismo moral como ocurre con los jóvenes de la obra:
Berta. ¡Dios mío! ¡Cómo está esto también! No os han tratado muy bien mientras yo no estaba, ¿verdad? ¡Madre mía, qué desastre! (Se acerca a ellos y se pone a arreglarlos lo mejor que puede). Qué trabajo les hubiera costado echaros un poco de agua de vez en cuando… Mira que se lo dije… Necesitáis tan poco para vivir… Si la gente no es capaz ni de regar una planta, qué podemos esperar de este mundo.

Berta, ya estaba pensando en cómo ayudar a sus sobrinos, lo proyecta así en sus geranios:
Berta. (Coge un tiesto donde aún hay parte de geranio con vida). Tú has resistido a todo, como yo… Medio seco, negro por dentro de la contaminación y la sociedad, apagado, sin alegría… Pero ¡vivo! (Lo riega). Deberías haber nacido en un buen invernadero y no en un barrio como éste… (Tira a la basura las ramas de otros geranios secos). Ya estoy aquí yo, para regaros, y cuidaros, y hablaros, que es lo que más necesitáis para vivir, como todo el mundo: cariño.

Otro personaje carismático de la obra será el Comisario, quien detuvo a Berta en lugar de a su sobrina Bea por traficar con estupefacientes. Se palpa la buena relación que mantenían antes del incidente, además de la insistencia con que busca a la tía para que le pusiera unas inyecciones que le hacían falta (Berta era enfermera).

Con la siguiente acotación se presenta a los sobrinos, dos jóvenes skins, violentos y agresivos que han perdido totalmente el norte después de perder cualquier referente paterno, sobre todo el más joven: Raúl, será el personaje que menos opciones tiene para rehabilitarse:

Suena un casete con música "ska" muy alta. […]. Mario, de unos veintidós años, está sentado en un rincón fumando en silencio. Tiene el pelo muy corto, y está vestido con ropa "skin". Raúl, el hermano más pequeño, dieciocho años, lleva el mismo tipo de ropa, pero de forma más evidente, como su cabeza, que está completamente rapada. Pasea nervioso, tarareando el ritmo de la música, golpeando con la mano los muebles que encuentra a su paso, marcando desde su primera aparición que no puede estarse quieto y que tiene el diablo en el cuerpo.

La música ska es como un potenciador de la agresividad de los skin-heads, como las llamas del infierno, el ska sería como ese halo de maldad que recubriría la corteza de estos dos jóvenes, aunque uno parece estar más contaminado que otro.

Como hemos mencionado antes, Raúl se resiente a redimirse y Berta sabe del caso en el que se estaban metiendo tanto este como su otro sobrino Mario, que golpearon salvajemente a un pobre hombre originándole heridas tan graves que tuvo que ser hospitalizado:
Mario. Tía, nosotros no hemos sido, ya te lo dije el otro día cuando fui a verte. Lo que pasa es que nos quieren meter el marrón a nosotros… El periódico ése dijo que habíamos sido, pero es mentira…

Berta. ¿Y el pobre hombre que está en el hospital, se ha pegado él solo o qué ha pasado? Ése sí que no tiene culpa de nada…
Escena del vagabundo en La naranja mecánica de Stanley Kubrick.
El autor trata de mostrarnos el desorden que lleva consigo la miseria moral de una juventud que padece las lacras del paro y de la droga. Esa marginalidad explica la consecuencia de la violencia. En Salvajes, Bea, Mario y Raúl viven en la marginalidad; ella, chica de alterne, depende también de la droga; ellos, instalados en el más irremediable paro, encuentran su realización en la violencia callejera y en las bandas de skin que atacan a toda esa gentuza, los moros, los negros y su puta madre, en palabras de Raúl. El racismo es evidente en toda esa cultura de skin-heads.

Tras una escena en que que toda la familia (Berta, Bea, Mario y Raúl) tratan de hablar del caso e intentar comunicarse un poco, todo acaba en una tremenda discusión que acaba con la salida de los dos sobrinos y entre platos rotos y algunas lágrimas, Berta y Bea que la intenta consolar:

Bea. Raúl está mal de cabeza, tía. De verdad, Mario, no. Mario no sé por qué hace esas cosas. Por ir con Raúl, lo más seguro, pero Mario no es así. De Raúl me creo cualquier cosa, tía. No sabes la de veces que me ha dado a mí, por lo que sea… Y desde que se ha juntado a ésos está peor. ¿Has visto el tatuaje que se ha hecho en el hombro? "Odio y violencia", pone. Están como cabras… Y todo lo que tiene en su habitación… Mario no es así, tía. Ni yo.
Escena de Salvajes en una representación teatral dirigida por Atrezzo Teatro.

Mario, que nos recuerda al Mario de la obra de Buero Vallejo: el tragaluz, por su carga positiva, no se muestra tan reticente como Raúl a evolucionar como persona, y de ahí que lo defienda su hermana. Raúl sería como Vicente, algo así como “el que actúa sin reflexionar” Mario, “el que contempla con actitud reflexiva”.

Después de varias escenas, vemos como el Comisario mantiene una conversación con una señora por teléfono y que demuestra otro tema evidente tanto de la obra como de la sociedad actual en la que estamos viviendo que se trata nada más y nada menos que de la violencia de género, aunque parece que Alonso de Santos solo recurre a ella como una breve alusión pero sin tratarla tan profundamente como con los temas ya mencionados de la violencia racial, la marginación social y la agresividad adquirida que parecen ser de gran interés para el autor de manifestar así el contenido de su obra.

Luego de esta conversación:

Comisario. ¿Y usted los cree? ¿Cree de verdad que un pobre negro, que vive de vender tabaco en el metro, se va a atrever a meterse con una banda de vándalos como ésos? Muchas veces a lo largo de estos años, lidiando con gentes de todo tipo, me he preguntado cómo es posible que existan personas que nazcan así…

Berta. Qué frase más terrible. Nadie nace así. Les hacemos así los demás, nosotros, los que nos creemos buenos y honrados, y cerramos nuestra puerta o pasamos a su lado sin ayudarles. Qué culpa tienen ellos cuando nacen, si son así de pequeños…
Observamos las disidencias entre el comisario y Berta en la que el hombre defiende que éstos jóvenes skins han nacido así, en cambio, Berta, pretende alumbrarnos con la opinión de que ha sido la sociedad la causante de todo, como ya comentamos anteriormente, el paro o la poca oportunidad que se le dan a los estratos más bajos o marginales provocan que estos actúen contra el sistema en lugar de a favor de él.

El poder y la violencia en «Bodas de sangre»


Aunque con los símbolos señalados en la entrada anterior, ya se respondía al clima de violencia que sugiere la obra, en esta nueva entrada hablaremos, nuevamente de violencia, pero también de poder, y para ello, vamos a adentrarnos en el marco histórico del autor:

Nos encontramos en el primer tercio del siglo XX, cuando España se encontraba en un periodo revolucionario donde se produjeron muchísimos cambios, los cuales, comenzaron a guiar a este país desde lo más bajo en que se encontraba hasta una innovadora gran nación. Después de tantas reivindicaciones y asesinatos se desató la primera Guerra Mundial y con ella llegó la violencia a España, aunque esta se mantuviera al margen de dicha masacre. Luego llegó Miguel Primo de Rivera, el primer dictador español que subió al máximo poder gracias a un golpe de estado, que finalmente cayó en 1930 cuando Niceto Alcalá Zamora fue elegido como primer presidente español. 

Ese mismo año, surgiría un nuevo y segundo dictador, el general Francisco Franco, quien, convirtiéndose en el dictador más poderoso de toda España, lideró la segunda guerra civil española, que duró tres años (como la primera) concluyendo en 1939. Ese año, Franco ganó la guerra e impuso su dictadura, la cuál siempre será recordada como uno de los conflictos más sangrientos de España.

En 1920, antes de que asumiese el poder Primo de Rivera, surgió la famosa Generación del 27. De la que procederá nuestro querido Federico García Lorca y muchos más autores como Alberti, Cernuda... Y al iniciarse este nuevo grupo de literatos españoles se le dio ese nombre a la generación en honor al fundador del culteranismo, Luis de Góngora y Argote quien cumplía ese mismo año trescientos años de su fallecimiento. Nacieron muchos otros movimientos como el futurismo, el daidismo, el surrealismo y el ultraísmo.


Y esta es la Generación del 27.

Después de esta introducción, tenemos, en el plano real, un retrato de la sociedad andaluza de la época: las diferencias económicas que ponían barreras al amor y que habían impedido el matrimonio de la novia y el amante; el honor, que ya puede olerse en el teatro de Lope y Calderón; el papel de la mujer en la sociedad así como la visión de la sexualidad como estímulo para la fertilidad, vía útil para la continuidad de la descendencia. En el plano más onírico se plantea la sociedad frente al individualismo y viceversa, pero más destacado sería el tema de la muerte, que como ya mencionamos es representada por la luna en Bodas de sangre.

La vida de Federico García Lorca estuvo marcada por la violencia, la muerte y esa ubicuidad de la muerte se manifestaba también en sus obras, casi siempre de manera violenta. Bodas de sangre es un ejemplo de ello y la inmediata fatalidad de su desenlace representaría el núcleo temático en el que convergería toda la acción. No hay esperanza y aunque el amor se presente como la única manera de afrontar la muerte, este amor también sucumbiría ante el poder del odio y la violencia.


Cabe destacar que la trama de esta historia está basada en el Crimen de Níjar, tragedia que sucedió en junio de 1928, en Almería, y que inspiró a Lorca para escribir la obra. (No dudéis en clicar en el hipervínculo que os he señalado.)

Y sabiendo el origen de la obra, no cabe duda del drama que augura cada uno de los cuadros que componen el argumento del libro.

Otro aspecto que me parecería interesante señalar es "esa sangre" que da título a la obra, que como en la entrada anterior nos referíamos a las moiras griegas (por eso de la madeja roja que aparecía casi al final), otro significado que podríamos atribuirle es el de sangre como casta. Sí, nos referimos a esa estirpe o linaje a la que hace varias alusiones la madre del Novio y que repudia la de los Félix (familia de Leonardo). Esta sangre, esta buena casta como venimos diciendo compone un poder fundamental en la obra, pues se pone en juego el honor una vez Leonardo y la Novia han huido de la ceremonia y el Novio desesperado por encontrarlos acaba con su rival además de con su propia vida.

El honor, la venganza, el odio, elementos esenciales para que se produzca ese "sacrificio", el desenlace de esta historia tan trágica que estamos analizando, y es que la muerte para Lorca, de manera terrenal/telúrica se muestra a través de la naturaleza, a través de las pasiones y emociones que mueven al ser humano a realizar actos de locura salvaje.

¿Pero qué desencadena realmente el trágico final de los amantes? ¿la honra? ¿o todo comenzó por la mala reputación de la novia? como se puede leer en la conversación del cuadro primero entre la Madre y la Vecina, donde ya la Madre del Novio sospechaba de la carencia de pureza de la Novia y que ya presagiaba que esta al final acabaría por decepcionarla. Las dos familias estaban muy bien situadas y ya sabemos cómo acaban estos matrimonios de conveniencia.

Además de estos incentivos, hablamos de una sociedad patriarcal, en la que el hombre debe demostrar su superioridad frente a la mujer (se palpa aquí la incluso reciente y penosa situación en la que se encontraba esta figura), vemos siempre a la Madre hablando de la virilidad de su marido y de si este no hubiera perecido, habría podido demostrar de qué pasta estaba hecho:

Madre: Mi hijo la cubrirá bien. Es de buena simiente. Su padre pudo haber tenido conmigo muchos hijos. 



Y es que el Novio tenía que hacer honor a su apellido desde el primer momento de la boda y al final, después de los acontecimientos ocurridos, dos familias enfrentadas y un sangriento y fatídico desenlace.

Después de nombrar todos estos detonantes de la trama principal de la obra y después de los símbolos anteriormente señalados, solo queda añadir que, la sangre (buena casta), la honra, la virilidad del hombre y su primacía frente al género femenino concluyen en la presencia de violencia que como un toro embestirá y romperá con todo lo que hayaen su camino y en este caso, cobrándose alguna que otra vida.

lunes, 19 de mayo de 2014

El caballo, el agua, la luna y el cuchillo en la obra de Federico García Lorca

Hoy, en esta entrada del blog, vamos a analizar los símbolos más significativos de Bodas de sangre, una obra del ilustrísimo Federico García Lorca.

Como bien sabemos, y como además expone Ángel Álvarez de Miranda en sus estudios[1], Lorca, trata «el tema de la mística del morir». Porque, ¿cómo es la muerte para Lorca?, pues después de leer a Álvarez de Miranda y de haber leído la obra a fondo, podría decirse que la muerte es como un sacrificio, un sacrificio de sangre (como ya sugiere la obra que estamos comentando), un sacrificio espiritual, también, pero siempre llevado a cabo de manera violenta. El hombre es un ser que en la mayoría de las veces se rige o actúa (por así decirlo) siempre bajo el mandato de sus pasiones.

Y después de esta breve introducción, pasemos a lo que sería, el análisis de estos símbolos que venimos mencionando, cabe mencionar que a todos ellos los envuelve cierto halo de religiosidad, muy propio de este autor andaluz:

Y el primer símbolo que nos llama la atención no será otro que el caballo. Símbolo de virilidad, de sexualidad (deseo sexual, instinto sexual), motor de pasión. En otras culturas siempre ha significado también el poder. El caballo figura en la obra no solo como montura que utilizará Leonardo para huir con la novia, sino también como presagio de lo que vendrá luego, y esto lo veremos en la nana (Acto primero, cuadro segundo), que contendrá, como veremos, todos los símbolos más significativos:

Suegra:
Nana, niño, nana
del caballo grande
que no quiso el agua.
El agua era negra
dentro de las ramas.
Cuando llega el puente
se detiene y canta.
¿Quién dirá, mi niño,
lo que tiene el agua
con su larga cola
por su verde sala?

Mujer: (Bajo)
Duérmete, clavel,
que el caballo no quiere beber.

Suegra:
Duérmete, rosal,
que el caballo se pone a llorar.
Las patas heridas,
las crines heladas,
dentro de los ojos
un puñal de plata.
Bajaban al río.
¡Ay, cómo bajaban!
La sangre corría
más fuerte que el agua.

Esta nana, cantada por la Suegra y Mujer de Leonardo está cargada de simbolismo: el caballo, como hemos mencionado, hace referencia a la masculinidad, a la pasión, al deseo sexual, y estas características se relacionan directamente con Leonardo, que huyendo con la novia provocará que este encuentre su trágico destino en la reyerta con el Novio.



Pero esto no acaba aquí, pues como vemos en la nana, este caballo parece huir del agua, ¿pero no es el agua un símbolo de pureza en la mayoría de obras de este estilo? pues esta vez discreparemos en ello. En esta ocasión, el agua significará la muerte. La nana se presenta como una especie de ritual que presagia la tragedia. Desde el caballo que no quiere beber (haciendo referencia al casamiento de la Novia con el Novio y los pocos minutos restantes que quedan para el rapto de la Novia por parte de Leonardo), también la desconfianza del caballo de beber al ver reflejado el cuchillo sería otra metáfora de ello..., y luego, como vemos en el siguiente fragmento, el caballo que bebe y por tanto, haciendo referencia a que, una vez Leonardo y la Novia, siendo perseguidos por el Novio, este último los encuentrara y acabara con su rival:

Suegra: (Enérgica, a su hija) ¡Cállate! (Sale Leonardo) ¡El niño! (Entra y vuelve a salir
con él en brazos.) (La mujer ha permanecido de pie, inmóvil)
Las patas heridas,
las crines heladas,
dentro de los ojos
un puñal de plata.
Bajaban al río.
La sangre corría
más fuerte que el agua.

Mujer: (Volviéndose lentamente y como soñando)
Duérmete, clavel,
que el caballo se pone a beber.



Entonces el agua, como la sangre, será esa metáfora sacrifical que supondrá el sacrificio de los dos hombres, que por una mujer (la Novia) dieron su vida. El torrente de agua, por tanto, significará el derramamiento de sangre, no cabe duda alguna que se refiere a esa muerte-sacrificio.

Y para explicar mejor esta muerte-sacrificio, cabe destacar el instrumento utilizado para llevarlo a acabo, y sí, nos estamos refiriendo al puñal, al cuchillo, a la navaja (como bien se menciona en el Acto primero, cuadro primero):

Madre: (Entre dientes y buscándola) La navaja, la navaja... Malditas sean todas y el
bribón que las inventó. [...] No sé cómo te atreves a llevar una navaja en tu
cuerpo, ni cómo yo dejo a la serpiente dentro del arcón.

Y es evidente la animadversión que muestra la Madre del Novio ante tales artefactos, pues ellos fueron los que se llevaron la vida de su marido y su hijo, a manos de la familia de los Félix. Y aún se nota en sus palabras cierto resentimiento o recelo hacia estos objetos afilados y punzantes, y a sus ejecutores:

Madre: Cien años que yo viviera no hablaría de otra cosa. Primero, tu padre, que me
olía a clavel y lo disfruté tres años escasos. Luego, tu hermano. ¿Y es justo y puede ser
que una cosa pequeña como una pistola o una navaja pueda acabar con un hombre, que
es un toro? No callaría nunca. Pasan los meses y la desesperación me pica en los ojos y hasta en las puntas del pelo.

[...]

Criada: No. Hace rato llegó Leonardo con su mujer. Corrieron como demonios. La
mujer llegó muerta de miedo. Hicieron el camino como si hubieran venido a caballo.

Padre: Ese busca la desgracia. No tiene buena sangre.

Madre: ¿Qué sangre va a tener? La de toda su familia. Mana de su bisabuelo, que
empezó matando, y sigue en toda la mala ralea, manejadores de cuchillos y gente de
falsa sonrisa.

En el Acto tercero, cuadro segundo, se muestra en las acotaciones como dos muchachas (...) están devanando una madeja roja, esto hace referencia al destino de los dos hombres, el amargo destino al que sucumbieron, como Las Moiras que en la mitología griega cortaban el hilo de la vida de los hombres y héroes que protagonizaban esas legendarias hazañas.



Y las últimas palabras de las Vecinas, que describen al cuchillo como arma, como elemento ejecutor y violento, explicaría cuan carácter de sacrificio y derramador de sangre recubre su hoja:


Vecinas: con un cuchillo,
con un cuchillito,
en un día señalado, entre las dos y las tres,
se mataron los dos hombres del amor.
Con un cuchillo.
con un cuchillito
que apenas cabe en la mano,
pero que penetra fino
por las carnes asombradas
y que se para en el sitio
donde tiembla enmarañada
la oscura raíz del grito.

La muerte era inevitable, y ya lo auguraba la Madre de el Novio en el primer acto y cuadro. Y a través del cuchillo se liberará el alma, y las víctimas de esta liberación fueron dos, y dos vidas se cobró el acero:



Y por último, comentaremos la simbología de la luna, que ya aparecía en otras obras de Lorca como El romancero gitano, más concretamente en el Romance de la luna, luna y que en Bodas de sangre cobrará vida, incluso llegándose a presentar como personaje (por los Leñadores) partícipe de la acción, espectador de la tragedia y de la muerte de los protagonistas:

Luna:
Cisne redondo en el río,
ojo de las catedrales,
alba fingida en las hojas
soy; ¡no podrán escaparse!
¿Quién se oculta? ¿Quién solloza
por la maleza del valle?
La luna deja un cuchillo
abandonado en el aire,
que siendo acecho de plomo
quiere ser dolor de sangre.
¡Dejadme entrar! ¡Vengo helada
por paredes y cristales!
¡Abrid tejados y pechos
donde pueda calentarme!
¡Tengo frío! Mis cenizas
de soñolientos metales
buscan la cresta del fuego
por los montes y las calles.
Pero me lleva la nieve
sobre su espalda de jaspe,
y me anega, dura y fría,
el agua de los estanques.
Pues esta noche tendrán
mis mejillas roja sangre,
y los juncos agrupados
en los anchos pies del aire.
¡No haya sombra ni emboscada.
que no puedan escaparse!
¡Que quiero entrar en un pecho
para poder calentarme!
¡Un corazón para mí!
¡Caliente!, que se derrame
por los montes de mi pecho;
dejadme entrar, ¡ay, dejadme! (A las ramas.)
No quiero sombras. Mis rayos
han de entrar en todas partes,
y haya en los troncos oscuros
un rumor de claridades,
para que esta noche tengan
mis mejillas dulce sangre,
y los juncos agrupados
en los anchos pies del aire.
¿Quién se oculta? ¡Afuera digo!
¡No! ¡No podrán escaparse!
Yo haré lucir al caballo
una fiebre de diamante.
(Desaparece entre los troncos y vuelve la escena a su luz oscura. Sale una anciana
totalmente cubierta por tenues paños verdeoscuros. Lleva los pies descalzos. Apenas si se le verá el rostro entre los pliegues. Este personaje no figura en el reparto.)

Vemos aquí un pequeño monólogo donde la luna, como si fuera cómplice del cuchillo (vemos en los dos símbolos el color plateado que sugiere la muerte) sentencia a los dos hombres cuyas vidas se arrebataron el uno al otro.

Y es que la luna, al igual que es capaz de influir en las mareas o en el embarazo/parto de las mujeres, también puede intervenir en el ciclo vital de los hombres. La luna para Lorca entonces, se erigiría como surtidor y recolector de vida.




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[1] DE MIRANDA, Ángel Álvarez, La metáfora y el mito, Madrid, Taurus, 1963 (nueva edición, Sevilla, Renacimiento, 2011).

viernes, 16 de mayo de 2014

El satanismo y desenlace de la obra de Don Álvaro

La tensión se palpa en el ambiente.

Después de los últimos acontecimientos ocurridos en las jornadas anteriores: el descubrimiento de la identidad de Don Fadrique, la posterior muerte de Don Carlos y la encarcelación y huida de Don Álvaro. Nos encontramos en la Jornada quinta, última jornada de esta obra que ya llevábamos varias entradas comentando.


Don Álvaro, ahora con una nueva identidad, la de fraile, se hace pasar por el Padre Rafael para meditar o tal vez encontrar la paz en un convento de Los Ángeles (primera referencia antitética con el satanismo), como podemos leer en la primer acotación, donde unos frailes sirven comida a unos pobres.


La primera sospecha sobre la identidad de Don Álvaro viene de la boca de Hermano Melitón:


HERMANO MELITÓN.- Ya, eso sí... Pero, la verdad, siempre que lo miro me acuerdo de aquello que vuestra reverendísima nos ha contado muchas veces, y también se nos ha leído en el refectorio, de cuando se hizo fraile de nuestra Orden el demonio, y que estuvo allá en un convento algunos meses. Y se me ocurre si el padre Rafael será alguna cosa así... pues tiene unos repentes, una fuerza, y un mirar de ojos...


Encontramos así la primera referencia hacia el demonio de manos de este personaje, que desde un principio, no se termina de fiar de Don Álvaro, o, en este caso, del Padre Rafael.

Las sospechas sobre Don Álvaro se acentúan con la llegada de Don Alfonso en la siguiente escena. Don Alfonso lleva años buscando a Don Álvaro para vengar el mal que este hizo a su familia, por fin podrá tener lugar dicho escarmiento, pues después de haberle estado siguiendo la pista, acaba en el convento de Los Ángeles. Pregunta al Hermano Melitón, que se refiere al Padre Rafael como el del infierno, asustado, le enseña donde se encuentra el supuesto fraile y suben los dos por unas escaleras.

Las Escenas IV y V son el prefacio de lo que está a punto de ocurrir. Hermano Melitón llama a la puerta de la alcoba de Don Álvaro y este medita en su interior de quién se tratará tan inesperada visita.



En la Escena VI entra Don Alfonso sin embozarse y reconociendo al instante al asesino de su padre y hermano. Don Álvaro parece que no reconoce al invitado, hasta que se quita la capucha y ve el parecido tan razonable con el Marqués de Calatrava, Don Álvaro queda anonadado. Entonces es cuando Don Alfonso carga sus acusaciones contra él:

DON ALFONSO
¡Basta, que ya está dicho todo!
De mi hermano y de mi padre
me está pidiendo venganza
en altas voces la sangre.
Cinco años ha que recorro,                                                                    1960
con dilatados vïajes
el mundo, para buscaros,
y aunque ha sido todo en balde,
el cielo (que nunca impunes
deja las atrocidades                                                                                 1965
de un monstruo, de un asesino,
de un seductor, de un infame),
por un imprevisto acaso
quiso por fin indicarme
el asilo donde está a salvo                                                                      1970
de mi furor os juzgasteis.
Fuera el mataros inerme
indigno de mi linaje.
Fuisteis valiente; robusto
aún estáis para un combate;                                                                  1975
armas no tenéis, lo veo;
yo dos espadas iguales
traigo conmigo: son éstas.

Don Alfonso señala a Don Álvaro como monstruo, anteriormente como demonio, parece significativo el motivo de estas comparaciones. Don Alfonso reta en duelo a Don Álvaro, aunque este se resiste a aceptar tal invitación.


DON ALFONSO
Una
sola hermana me dejasteis
perdida y sin honra... ¡Oh furia!


DON ÁLVARO
¡Mi Leonor! ¡Ah! No sin honra:                                                             2040
un religioso os lo jura.
 (En deliro.) 
Leonor..., ¡ay!, la que absorbía
toda mi existencia junta;
la que en mi pecho, por siempre...
Por siempre, sí, sí... que aún dura...                                                      2045
una pasión... Y qué, ¿vive?
¿Sabéis vos noticias suyas?...
Decid que me ama, y matadme.
Decidme... ¡Oh Dios!... ¿Me rehúsa
 (Aterrado.) 
vuestra gracia sus auxilios?                                                                   2050
¿De nuevo el triunfo asegura
el infierno, y se desploma
mi alma en su sima profunda?
¡Misericordia!... Y vos, hombre
o ilusión, ¿sois, por ventura                                                                   2055
un tentador que renueva
mis criminales angustias
para perderme?... ¡Dios mío!

Cuando Don Alfonso menciona a Doña Leonor, Don Álvaro recuerda toda la tragedia pasada y se arrodilla ante su enemigo pidiendo que olvide la idea de batirse en duelo. Aparecen más referencias al infierno, que marcan el desenlace de la obra. Don Álvaro soporta con templanza todas las recriminaciones, hasta que Don Alfonso nombra estas palabras:


DON ALFONSO
 (Con desprecio.) 
Un caballero
no hace tal infamia nunca.
Quien sois bien claro publica
vuestra actitud, y la inmunda
mancha que hay en vuestro escudo.                                                    2080

Entonces es cuando discuten y Don Álvaro comienza a sentirse ofendido:


DON ÁLVARO
 (Levantándose con furor.) 
¿Mancha?...¿Y cuál?... ¿Cuál?


DON ALFONSO
¿Os asusta?


DON ÁLVARO
¡Mi escudo es como el sol limpio,
como el sol!


DON ALFONSO
¿Y no lo anubla
ningún cuartel de mulato,
de sangre mezclada, impura?                                                              2085


DON ÁLVARO
 (Fuera de sí.) 
¡Vos mentís, mentís, infame!
Venga el acero; mi furia
  (Toca el pomo de una de las espadas.) 
os arrancará la lengua,
que mi clara estirpe insulta.
Vamos.


DON ALFONSO
Vamos.

Para Don Álvaro, el tema de la familia, el origen de esta y su honor es intangible. Al pronunciar tales palabras, Don Alfonso hiere la sensibilidad de Don Álvaro, que lleno de ira agarraba una de esas espadas que el molesto huésped le ofrecía, aunque parece recapacitar:


DON ÁLVARO
(Reportándose.) 
No..., no triunfa                                                                   2090
tampoco con esta industria
de mi constancia el infierno.
Retiraos, señor.

Entonces es cuando Don Alfonso le da una bofetada y sin que haya vuelta atrás, los dos salen precipitados de la escena preparados para el encuentro, que con gran carga satánica se empieza a desatar:


DON ALFONSO
 (Furioso.) 
¿Te burlas
de mí, inicuo? Pues cobarde
combatir conmigo excusas,                                                                    2095
no excusarás mi venganza.
Me basta la afrenta tuya.
Toma.
 (Le da una bofetada.) 


DON ÁLVARO
 (Furioso y recobrando toda su energía.) 
¿Qué hiciste?... ¡Insensato!
Ya tu sentencia es segura:
¡Hora es de muerte, de muerte!                                                           2100
¡El infierno me confunda!

El Hermano Melitón, asustado, abre la puerta para que los dos hombres se lancen a la batalla:

HERMANO MELITÓN.- (Saliéndole al paso.) ¿Adónde bueno?

DON ÁLVARO.- (Con voz terrible.) ¡Abra la puerta!

HERMANO MELITÓN.- La tarde está tempestuosa, va a llover a mares.

DON ÁLVARO.- Abra la puerta.

HERMANO MELITÓN.- (Yendo hacia la puerta.) ¡Jesús!... Hoy estamos de marea alta... Ya voy... ¿Quiere que le acompañe?... ¿Hay algún enfermo de peligro en el cortijo?...

DON ÁLVARO.- La puerta, pronto.

HERMANO MELITÓN.- (Abriendo la puerta.) ¿Va el padre a Hornachuelos?

DON ÁLVARO.- (Saliendo con DON ALFONSO.) ¡Voy al infierno! 




En la siguiente escena, habla el Hermano Melitón, que acusa tanto a Don Álvaro como a Don Alfonso de endemoniados, se suscita la naturaleza satánica de los dos personajes, pues tras ellos dejaban rastros de sed de venganza y sangre. Encontramos varias alusiones al infierno, el demonio y la muerte (elementos satánicos):


HERMANO MELITÓN
   ¡Al infierno!... ¡Buen vïaje!
También que era del infierno
dijo, para mi gobierno,
aquel nuevo personaje.
¡Jesús, y qué caras tan...!
Me temo que mis sospechas
han de quedar satisfechas.
Voy a ver por dónde van.
[...]
No me oyen, vano es gritar.
Demonios son, es patente.
Con el santo penitente
sin duda van a cargar.
[...]
 (Cierra la puerta.)  
Un olorcillo han dejado
de azufre... Voy a tocar
las campanas.

La Escena IX se presenta en mitad de una tormenta con los personajes, ambos con las espadas envainadas y en guardia, se respira la tragedia y el satanismo que envuelve a la obra:


DON ÁLVARO
Hombre, fantasma o demonio,
que ha tomado humana carne
para hundirme en los infiernos,
para perderme..., ¿qué sabes?...                                                          2175

El satanismo de Don Alfonso se hace más notorio tras estas acusaciones de Don Álvaro, y nuevas alusiones al infierno y a la putrefacción (cuando habla de heces) por parte de Don Alfonso:


DON ALFONSO
Ahora tienes que escucharme,
que has de apurar, ¡vive el cielo!,
hasta las heces el cáliz.                                                                            2225
Y si, por ser mi destino,
consiguieses el matarme,
quiero allá en tu aleve pecho
todo un infierno dejarte.

Vuelven las acusaciones de Don Álvaro hacia su contrincante, aunque también habla de sí mismo como un ser sediento de sangre y muerte (que se avecina inminente): 


DON ÁLVARO
¿Eres monstruo del infierno,
prodigio de atrocidades?                                                                       2265
[...]
¡Muerte y exterminio! ¡Muerte
para los dos! Yo matarme
sabré, en teniendo el consuelo
de beber tu inicua sangre.                                                                     2275

Los dos se baten y Don Alfonso cae al suelo herido. Será entonces cuando Don Álvaro vuelva a cobrar la razón y al percatarse del horrible acto que ha cometido, entra en pánico, y tras escuchar la súplicas de su moribundo rival, de que este le salvara, sale despedido en busca de auxilio. Cuando llama a la puerta de la mansión del penitente, al otro lado de la puerta descubrimos que se trata de Doña Leonor, que también, al igual que Don Álvaro, se había apartado de la civilización para olvidar el pasado. Fue tal la sorpresa de Doña Leonor que no sabía a cuál acudir de los dos, y para la desdicha de esta, al acercarse a su hermano herido, éste la mata en su último aliento, creyendo que tanto ella como Don Álvaro eran cómplices de su desgracia (vemos aquí una clara referencia al Génesis, que nos evoca a cuando Caín mató a Abel):


DOÑA LEONOR.- (Precipitándose en los brazos de su hermano.) ¡Hermano mío!... ¡Alfonso!

DON ALFONSO.- (Hace un esfuerzo, saca un puñal, y hiere de muerte a LEONOR.) ¡Toma, causa de tantos desastres, recibe el premio de tu deshonra!... Muero vengado. (Muere.)




La confusión y la paradójica muerte de Leonor inmovilizan a Don Álvaro, que aterrado por el terrible acto de Don Alfonso, se va alejando de la escena, huyendo hacia las montañas, y es cuando entran los frailes:


PADRE GUARDIÁN.- ¡Dios mío!... ¡Sangre derramada!... ¡Cadáveres!... ¡La mujer penitente!

TODOS LOS FRAILES.- ¡Una mujer!... ¡Cielos!

PADRE GUARDIÁN.- ¡padre Rafael!

DON ÁLVARO.- (Desde un risco, con sonrisa diabólica, todo convulso, dice.) Busca, imbécil, al padre Rafael... Yo soy un enviado del infierno, soy el demonio exterminador... Huid, miserables.

TODOS.- ¡Jesús, Jesús!

DON ÁLVARO.- Infierno, abre tu boca y trágame! ¡Húndase el cielo, perezca la raza humana; exterminio, destrucción...! (Sube a lo más alto del monte y se precipita.)

EL PADRE GUARDIÁN Y LOS FRAILES.- (Aterrados y en actitudes diversas.) ¡Misericordia, Señor! ¡Misericordia!


Y así es como concluye la obra. Don Álvaro, no puede soportarlo más, así que hizo lo que ya llevaba pensando hacer desde hace tiempo.

El suicidio de Don Álvaro será el ingrediente definitivo para marcar a esta obra de tragedia y el satanismo que promueve queda manifestado por sus últimas palabras, donde invoca al infierno para que este le trague y lanza al cielo un grito que pretende acabar con todo, con cualquiera persona y hasta con él mismo. Como poseído, y mientras los frailes le observaban, se lanzaba hacia el vacío para así acabar con su amargo sufrimiento y dejando perplejo a un público que lo contemplaba absorto como si de un ser maligno se tratara.

Espero que os haya gustado este breve análisis de las jornadas III y V de la obra del Duque de Rivas, Don Álvaro o la fuerza del sino. Nos vemos en la próxima obra que analizaremos, que será Bodas de sangre de Federico García Lorca. ¡Que tengáis una buena mañana/tarde!