viernes, 16 de mayo de 2014

El satanismo y desenlace de la obra de Don Álvaro

La tensión se palpa en el ambiente.

Después de los últimos acontecimientos ocurridos en las jornadas anteriores: el descubrimiento de la identidad de Don Fadrique, la posterior muerte de Don Carlos y la encarcelación y huida de Don Álvaro. Nos encontramos en la Jornada quinta, última jornada de esta obra que ya llevábamos varias entradas comentando.


Don Álvaro, ahora con una nueva identidad, la de fraile, se hace pasar por el Padre Rafael para meditar o tal vez encontrar la paz en un convento de Los Ángeles (primera referencia antitética con el satanismo), como podemos leer en la primer acotación, donde unos frailes sirven comida a unos pobres.


La primera sospecha sobre la identidad de Don Álvaro viene de la boca de Hermano Melitón:


HERMANO MELITÓN.- Ya, eso sí... Pero, la verdad, siempre que lo miro me acuerdo de aquello que vuestra reverendísima nos ha contado muchas veces, y también se nos ha leído en el refectorio, de cuando se hizo fraile de nuestra Orden el demonio, y que estuvo allá en un convento algunos meses. Y se me ocurre si el padre Rafael será alguna cosa así... pues tiene unos repentes, una fuerza, y un mirar de ojos...


Encontramos así la primera referencia hacia el demonio de manos de este personaje, que desde un principio, no se termina de fiar de Don Álvaro, o, en este caso, del Padre Rafael.

Las sospechas sobre Don Álvaro se acentúan con la llegada de Don Alfonso en la siguiente escena. Don Alfonso lleva años buscando a Don Álvaro para vengar el mal que este hizo a su familia, por fin podrá tener lugar dicho escarmiento, pues después de haberle estado siguiendo la pista, acaba en el convento de Los Ángeles. Pregunta al Hermano Melitón, que se refiere al Padre Rafael como el del infierno, asustado, le enseña donde se encuentra el supuesto fraile y suben los dos por unas escaleras.

Las Escenas IV y V son el prefacio de lo que está a punto de ocurrir. Hermano Melitón llama a la puerta de la alcoba de Don Álvaro y este medita en su interior de quién se tratará tan inesperada visita.



En la Escena VI entra Don Alfonso sin embozarse y reconociendo al instante al asesino de su padre y hermano. Don Álvaro parece que no reconoce al invitado, hasta que se quita la capucha y ve el parecido tan razonable con el Marqués de Calatrava, Don Álvaro queda anonadado. Entonces es cuando Don Alfonso carga sus acusaciones contra él:

DON ALFONSO
¡Basta, que ya está dicho todo!
De mi hermano y de mi padre
me está pidiendo venganza
en altas voces la sangre.
Cinco años ha que recorro,                                                                    1960
con dilatados vïajes
el mundo, para buscaros,
y aunque ha sido todo en balde,
el cielo (que nunca impunes
deja las atrocidades                                                                                 1965
de un monstruo, de un asesino,
de un seductor, de un infame),
por un imprevisto acaso
quiso por fin indicarme
el asilo donde está a salvo                                                                      1970
de mi furor os juzgasteis.
Fuera el mataros inerme
indigno de mi linaje.
Fuisteis valiente; robusto
aún estáis para un combate;                                                                  1975
armas no tenéis, lo veo;
yo dos espadas iguales
traigo conmigo: son éstas.

Don Alfonso señala a Don Álvaro como monstruo, anteriormente como demonio, parece significativo el motivo de estas comparaciones. Don Alfonso reta en duelo a Don Álvaro, aunque este se resiste a aceptar tal invitación.


DON ALFONSO
Una
sola hermana me dejasteis
perdida y sin honra... ¡Oh furia!


DON ÁLVARO
¡Mi Leonor! ¡Ah! No sin honra:                                                             2040
un religioso os lo jura.
 (En deliro.) 
Leonor..., ¡ay!, la que absorbía
toda mi existencia junta;
la que en mi pecho, por siempre...
Por siempre, sí, sí... que aún dura...                                                      2045
una pasión... Y qué, ¿vive?
¿Sabéis vos noticias suyas?...
Decid que me ama, y matadme.
Decidme... ¡Oh Dios!... ¿Me rehúsa
 (Aterrado.) 
vuestra gracia sus auxilios?                                                                   2050
¿De nuevo el triunfo asegura
el infierno, y se desploma
mi alma en su sima profunda?
¡Misericordia!... Y vos, hombre
o ilusión, ¿sois, por ventura                                                                   2055
un tentador que renueva
mis criminales angustias
para perderme?... ¡Dios mío!

Cuando Don Alfonso menciona a Doña Leonor, Don Álvaro recuerda toda la tragedia pasada y se arrodilla ante su enemigo pidiendo que olvide la idea de batirse en duelo. Aparecen más referencias al infierno, que marcan el desenlace de la obra. Don Álvaro soporta con templanza todas las recriminaciones, hasta que Don Alfonso nombra estas palabras:


DON ALFONSO
 (Con desprecio.) 
Un caballero
no hace tal infamia nunca.
Quien sois bien claro publica
vuestra actitud, y la inmunda
mancha que hay en vuestro escudo.                                                    2080

Entonces es cuando discuten y Don Álvaro comienza a sentirse ofendido:


DON ÁLVARO
 (Levantándose con furor.) 
¿Mancha?...¿Y cuál?... ¿Cuál?


DON ALFONSO
¿Os asusta?


DON ÁLVARO
¡Mi escudo es como el sol limpio,
como el sol!


DON ALFONSO
¿Y no lo anubla
ningún cuartel de mulato,
de sangre mezclada, impura?                                                              2085


DON ÁLVARO
 (Fuera de sí.) 
¡Vos mentís, mentís, infame!
Venga el acero; mi furia
  (Toca el pomo de una de las espadas.) 
os arrancará la lengua,
que mi clara estirpe insulta.
Vamos.


DON ALFONSO
Vamos.

Para Don Álvaro, el tema de la familia, el origen de esta y su honor es intangible. Al pronunciar tales palabras, Don Alfonso hiere la sensibilidad de Don Álvaro, que lleno de ira agarraba una de esas espadas que el molesto huésped le ofrecía, aunque parece recapacitar:


DON ÁLVARO
(Reportándose.) 
No..., no triunfa                                                                   2090
tampoco con esta industria
de mi constancia el infierno.
Retiraos, señor.

Entonces es cuando Don Alfonso le da una bofetada y sin que haya vuelta atrás, los dos salen precipitados de la escena preparados para el encuentro, que con gran carga satánica se empieza a desatar:


DON ALFONSO
 (Furioso.) 
¿Te burlas
de mí, inicuo? Pues cobarde
combatir conmigo excusas,                                                                    2095
no excusarás mi venganza.
Me basta la afrenta tuya.
Toma.
 (Le da una bofetada.) 


DON ÁLVARO
 (Furioso y recobrando toda su energía.) 
¿Qué hiciste?... ¡Insensato!
Ya tu sentencia es segura:
¡Hora es de muerte, de muerte!                                                           2100
¡El infierno me confunda!

El Hermano Melitón, asustado, abre la puerta para que los dos hombres se lancen a la batalla:

HERMANO MELITÓN.- (Saliéndole al paso.) ¿Adónde bueno?

DON ÁLVARO.- (Con voz terrible.) ¡Abra la puerta!

HERMANO MELITÓN.- La tarde está tempestuosa, va a llover a mares.

DON ÁLVARO.- Abra la puerta.

HERMANO MELITÓN.- (Yendo hacia la puerta.) ¡Jesús!... Hoy estamos de marea alta... Ya voy... ¿Quiere que le acompañe?... ¿Hay algún enfermo de peligro en el cortijo?...

DON ÁLVARO.- La puerta, pronto.

HERMANO MELITÓN.- (Abriendo la puerta.) ¿Va el padre a Hornachuelos?

DON ÁLVARO.- (Saliendo con DON ALFONSO.) ¡Voy al infierno! 




En la siguiente escena, habla el Hermano Melitón, que acusa tanto a Don Álvaro como a Don Alfonso de endemoniados, se suscita la naturaleza satánica de los dos personajes, pues tras ellos dejaban rastros de sed de venganza y sangre. Encontramos varias alusiones al infierno, el demonio y la muerte (elementos satánicos):


HERMANO MELITÓN
   ¡Al infierno!... ¡Buen vïaje!
También que era del infierno
dijo, para mi gobierno,
aquel nuevo personaje.
¡Jesús, y qué caras tan...!
Me temo que mis sospechas
han de quedar satisfechas.
Voy a ver por dónde van.
[...]
No me oyen, vano es gritar.
Demonios son, es patente.
Con el santo penitente
sin duda van a cargar.
[...]
 (Cierra la puerta.)  
Un olorcillo han dejado
de azufre... Voy a tocar
las campanas.

La Escena IX se presenta en mitad de una tormenta con los personajes, ambos con las espadas envainadas y en guardia, se respira la tragedia y el satanismo que envuelve a la obra:


DON ÁLVARO
Hombre, fantasma o demonio,
que ha tomado humana carne
para hundirme en los infiernos,
para perderme..., ¿qué sabes?...                                                          2175

El satanismo de Don Alfonso se hace más notorio tras estas acusaciones de Don Álvaro, y nuevas alusiones al infierno y a la putrefacción (cuando habla de heces) por parte de Don Alfonso:


DON ALFONSO
Ahora tienes que escucharme,
que has de apurar, ¡vive el cielo!,
hasta las heces el cáliz.                                                                            2225
Y si, por ser mi destino,
consiguieses el matarme,
quiero allá en tu aleve pecho
todo un infierno dejarte.

Vuelven las acusaciones de Don Álvaro hacia su contrincante, aunque también habla de sí mismo como un ser sediento de sangre y muerte (que se avecina inminente): 


DON ÁLVARO
¿Eres monstruo del infierno,
prodigio de atrocidades?                                                                       2265
[...]
¡Muerte y exterminio! ¡Muerte
para los dos! Yo matarme
sabré, en teniendo el consuelo
de beber tu inicua sangre.                                                                     2275

Los dos se baten y Don Alfonso cae al suelo herido. Será entonces cuando Don Álvaro vuelva a cobrar la razón y al percatarse del horrible acto que ha cometido, entra en pánico, y tras escuchar la súplicas de su moribundo rival, de que este le salvara, sale despedido en busca de auxilio. Cuando llama a la puerta de la mansión del penitente, al otro lado de la puerta descubrimos que se trata de Doña Leonor, que también, al igual que Don Álvaro, se había apartado de la civilización para olvidar el pasado. Fue tal la sorpresa de Doña Leonor que no sabía a cuál acudir de los dos, y para la desdicha de esta, al acercarse a su hermano herido, éste la mata en su último aliento, creyendo que tanto ella como Don Álvaro eran cómplices de su desgracia (vemos aquí una clara referencia al Génesis, que nos evoca a cuando Caín mató a Abel):


DOÑA LEONOR.- (Precipitándose en los brazos de su hermano.) ¡Hermano mío!... ¡Alfonso!

DON ALFONSO.- (Hace un esfuerzo, saca un puñal, y hiere de muerte a LEONOR.) ¡Toma, causa de tantos desastres, recibe el premio de tu deshonra!... Muero vengado. (Muere.)




La confusión y la paradójica muerte de Leonor inmovilizan a Don Álvaro, que aterrado por el terrible acto de Don Alfonso, se va alejando de la escena, huyendo hacia las montañas, y es cuando entran los frailes:


PADRE GUARDIÁN.- ¡Dios mío!... ¡Sangre derramada!... ¡Cadáveres!... ¡La mujer penitente!

TODOS LOS FRAILES.- ¡Una mujer!... ¡Cielos!

PADRE GUARDIÁN.- ¡padre Rafael!

DON ÁLVARO.- (Desde un risco, con sonrisa diabólica, todo convulso, dice.) Busca, imbécil, al padre Rafael... Yo soy un enviado del infierno, soy el demonio exterminador... Huid, miserables.

TODOS.- ¡Jesús, Jesús!

DON ÁLVARO.- Infierno, abre tu boca y trágame! ¡Húndase el cielo, perezca la raza humana; exterminio, destrucción...! (Sube a lo más alto del monte y se precipita.)

EL PADRE GUARDIÁN Y LOS FRAILES.- (Aterrados y en actitudes diversas.) ¡Misericordia, Señor! ¡Misericordia!


Y así es como concluye la obra. Don Álvaro, no puede soportarlo más, así que hizo lo que ya llevaba pensando hacer desde hace tiempo.

El suicidio de Don Álvaro será el ingrediente definitivo para marcar a esta obra de tragedia y el satanismo que promueve queda manifestado por sus últimas palabras, donde invoca al infierno para que este le trague y lanza al cielo un grito que pretende acabar con todo, con cualquiera persona y hasta con él mismo. Como poseído, y mientras los frailes le observaban, se lanzaba hacia el vacío para así acabar con su amargo sufrimiento y dejando perplejo a un público que lo contemplaba absorto como si de un ser maligno se tratara.

Espero que os haya gustado este breve análisis de las jornadas III y V de la obra del Duque de Rivas, Don Álvaro o la fuerza del sino. Nos vemos en la próxima obra que analizaremos, que será Bodas de sangre de Federico García Lorca. ¡Que tengáis una buena mañana/tarde!

miércoles, 14 de mayo de 2014

Cuando Don Carlos averiguó la verdadera identidad de Don Fadrique

Y seguimos analizando Don Álvaro o la fuerza del sino del Duque de Rivas.

En la entrada anterior hablábamos de la Escena III de la Jornada tercera, pues bien, seguimos en la misma jornada y continuamos con las escenas que le siguen.


El siguiente fragmento que analizaremos trata sobre como Don Carlos, hermano de Doña Leonor, averigua la verdadera identidad de Don Félix. Después de una breve lectura, nos encontramos en la Escena VII, según las acotaciones, la acción ocurre en Veletri, y es protagonizada por Don Carlos y Don Álvaro, ambos se encontraban en el ejército, y se conocieron gracias a que Don Álvaro salvara a Don Carlos de una muerte segura después de haber estado jugando con varios asesinos que pretendían herirlo. Don Carlos le agradeció su ayuda y le preguntó por su identidad. Y este procedimiento dramático será el que analizaremos: El engaño sobre la identidad para mantener la intriga y el misterio del drama.


Como los dos hombre no se reconocían, Don Carlos de presentó como Don Féliz de Avendaña y en respuesta, Don Álvaro se presenta como don Fadrique de Herreros, capitán de granaderos del regimiento del Rey (que no será la primera y última identidad que use a lo largo de la trama). Ambos ocultan su identidad por razones diferentes, el primero para tener así oportunidad de saber quién asesinó a su padre (el Marqués de Calatrava) y el otro para pasar desapercibido o simplemente olvidar los trágicos acontecimiento ocurridos en Sevilla y de como mató al Marqués accidentalmente, y por todo lo ocurrido y tras el monólogo anteriormente comentado, se lanzó con agresividad a la batalla para ver si con suerte abandonaba la vida.




Don Carlos, al reconocer a su salvador como soldado español, se alegra con creces, así que en seguida entablaron amistad y le dice que combatirán juntos. A la mañana siguiente, el teniente, observaba una batalla con sus anteojos. Los alemanes y las tropas del Capitán Fadrique se encontraban en una gran refriega. Don Fadrique cae herido, pero Don Carlos lo salva. La batalla concluye con la victoria de los españoles. Don Álvaro, gravemente herido, es trasladado por Don Carlos al alojamiento de un oficial superior, donde lo espera un cirujano. Es en este momento cuando Don Álvaro, antes de desmayarse, pronunciaría las palabras que lo delatarían ante el hermano de Doña Leonor, y de esta forma, conocería su verdadera identidad:



DON CARLOS
No digáis tal, don Fadrique
cuando tan vano me encuentro
de que salvaros la vida
me haya concedido el cielo.                                                                      1115

DON ÁLVARO
¡Ay don Félix de Avendaña,
qué grande mal me habéis hecho!
(Se desmaya.)        

Don Carlos sospecha de que Don Álvaro le haya embaucado con su identidad así que reclama al cirujano que este le salve la vida y asegurarse, de esta forma, de que se trata verdaderamente del asesino de su padre, el Marqués de Calatrava. El cirujano esparce por la cara de Don Álvaro un poco de agua y vinagre y Don Carlos le dice lo siguiente:

DON CARLOS
Ánimo, noble amigo,
cobrad ánimo y aliento;                                                                            1135
pronto, muy pronto curado
y restablecido y bueno
volveréis a ser la gloria,
el norte de los guerreros.
Y a nuestras altas hazañas                                                                       1140
el rey dará todo el premio
que merece. Sí, muy pronto,
lozano otra vez, cubierto
de palmas inmarchitables
y de laureles eternos,                                                                                 1145
con una rica encomienda
se adornará vuestro pecho
de Santiago o Calatrava.

DON ÁLVARO

(Muy agitado.)
¿Qué escucho? ¿Qué? ¡Santo cielo!
¡Ah!... no, no de Calatrava:                                                                       1150
jamás, jamás... ¡Dios eterno!

Don Carlos se sorprende al escuchar estas palabras de Don Fadrique, y se pregunta por el origen de las mismas:


DON CARLOS
(Suspenso aparte.)
El nombre de Calatrava,
¿qué tendrá?, ¿qué tendrá... tiemblo,
de terrible a sus oídos? 

En la próxima escena, la Escena VIII, se sigue manteniendo la sensación de intriga, y después de que Don Álvaro desmayara en más de una ocasión, casi delirando, pide a Don Carlos que este jure hacer lo que le va a pedir, un favor entre caballeros. Le pide que con una llave (la cual hace entrega), abra una cajita con sus pertenencias en la que se encuentran unos documentos y por favor le ruega que sin leerlos queme y elimine todo rastro de ellos.


DON CARLOS
[...]
Pero es hombre singular,
y en el corto tiempo que                                                                            1225
le trato rasgos noté
que son dignos de extrañar.
(Pausa.)
¿Y de Calatrava el nombre
por qué así le horrorizó
cuando pronunciarlo oyó?...                                                                    1230
¿Qué hallará en él que le asombre?
[...]
¿Podrá ser este el traidor,
de mi sangre deshonor,
el que a buscar vine aquí.
[...]
¿A quien mi vida salvó,
y que moribundo está,                                                                               1245
matar inerme podrá
un caballero cual yo?
(Pausa.)
¿No puede falsa salir
mi sospecha?... Sí... ¿Quién sabe?...
Pero, ¡cielos!, esta llave                                                                             1250
todo me lo va a decir.

(Se acerca a la maleta, la abre precipitado, y saca la caja poniéndola sobre la mesa.)

Don Carlos reflexiona acerca de la identidad de Don Álvaro y piensa sobre el motivo de su espanto ante el nombre de Calatrava, comienza a considerar que pueda ser él el asesino de su padre. Piensa en acabar con su vida, pero recapacita. Finalmente, y después de haberlo meditado un momento, se decide a abrir el contenido de la caja:



DON CARLOS
Me impide abrirte el temblor
que me causa el recelar
que en tu centro voy hallar
los pedazos de mi honor.
(Resuelto y abriendo.)
Mas no, que en ti mi esperanza,                                                              1260
la luz, que me da el destino,
está para hallar camino
que me lleve a la venganza.
(Abre y saca un legajo sellado.)
[...]
¡Oh cielos! ¿Qué voy a hacer?
¿Y la palabra que di?
Mas si la suerte me da
tan inesperado medio
de dar a mi honor remedio,                                                                      1270
el perderlo ¿qué será?
Si a Italia sólo he venido
a buscar al matador
de mi padre y de mi honor,
con nombre y porte fingido,                                                                     1275
¿qué importa que el pliego abra,
si lo que vine a buscar
a Italia, voy a encontrar?...
[...]
Queda, ¡oh secreto!, escondido,                                                              1300
si en este legajo estás,
que un medio infame, jamás
lo usa el hombre bien nacido.
(Registrando la maleta.)
Si encontrar aquí pudiera
algún otro abierto indicio                                                                         1305
que, sin hacer perjüicio
a mi opinión, me advirtiera...
(Sorprendido.)
¡Cielos!... Lo hay... Esta cajilla,
(Saca una cajita como de retrato.)
que algún retrato contiene.
[...]

(La abre, y exclama muy agitado.) 

Primero se preocupa de que, al abrir la caja, rompa el pacto que le hizo a su reciente amigo. El honor parece cosa muy importante para Don Carlos. Aún así, decide hacerle caso a la posibilidad de que pueda tratarse del asesino de su padre, ya que si así lo fuera, podría cobrar su venganza. Abre la caja y en su interior...



DON CARLOS
¡Cielos!.. No... no me engañé,                                                                   1320
esta es mi hermana Leonor...
¿Para qué prueba mayor?...
Con la más clara encontré.
Ya está todo averiguado:
Don Álvaro es el herido.                                                                            1325
Brújula el retrato ha sido
que mi norte me ha marcado.
[...]
Mas... ¡ah!..., no me precipite
mi honra, cielos, ofendida.
Guardad a este hombre la vida
para que yo se la quite.



En el interior de la caja se encontraba un retrato de su hermana Leonor, y esto demostraba que la verdadera identidad de Don Fadrique no era otra que la de Don Álvaro, las pruebas eran evidentes. Tras descubrir la triste realidad, Don Carlos no pensaba en otra cosa que no fuera hacerle pagar por sus pecados al que acabó con su padre, pero esperaría a que este se recupere para poder así vengarse con honor en un duelo entre caballeros.


Y así concluye esta trepidante jornada con el descubrimiento de la verdad, y con la sed de venganza por parte de don Carlos de dar muerte a Don Álvaro, triste asesino accidental. Se marca, de esta forma, el inicio de la tragedia. Tragedia que no cabe duda se cobrará alguna que otra vida.

lunes, 12 de mayo de 2014

El monólogo de Don Álvaro

En esta nueva entrada vamos a analizar un fragmento de Don Álvaro o la fuerza del sino, de Ángel de Saavedra, también conocido como el Duque de Rivas.
El fragmento en cuestión es un monólogo de Don Álvaro ubicado en la Jornada tercera, Escena III. Después de todo lo acontecido en las anteriores jornadas, como el intento de huida de los dos amantes (Don Álvaro y Leonor) y la muerte accidental del Marqués a causa de una bala perdida, nos encontramos en un escenario muy oscuro y salvaje, como podemos observar en las acotaciones, con cierto tenebrismo:

El teatro representa una selva muy oscura. Aparece al fondo DON ÁLVARO, solo, vestido de capitán de granaderos, se acerca lentamente, y dice con gran agitación.

La oscuridad del escenario ya nos remite a la pena y angustia que el personaje siente después de los trágicos hechos que le acaecieron. Los sentimientos que Don Álvaro nos transmite no son otros que frustración, pesimismo y desaliento por varios hechos, pero sobre todo por la incertidumbre de la posible muerte de sus amada Leonor, de la cual no conoce su paradero (los dos se separaron al huir después de la muerte del padre de esta).

A continuación, iremos analizando paso a paso todo el monólogo para conocer todos los pensamientos y sentimientos que pasan por la cabeza de este personaje en esta escena tan melodramática:

DON ÁLVARO
(Solo)
¡Qué carga tan insufrible
es el ambiente vital
para el mezquino mortal
que nace en signo terrible!
¡Qué eternidad tan horrible                                                                        895
la breve vida! Este mundo,
¡qué calabozo profundo
para el hombre desdichado
a quien mira el cielo airado
con su ceño furibundo!                                                                               900        

Don Álvaro, desesperado, carga contra sí mismo, contra su propia vida. Se siente desdichado de estar vivo, pues, consciente del destino que le acontece y de la suerte que ha tenido hasta el momento no puede sino lamentarse y entristecerse.

Parece, sí, que a medida
que es más dura y más amarga,
más extiende, más alarga
el destino nuestra vida.
Si nos está concedida                                                                                  905
sólo para padecer,
y debe muy breve ser
la del feliz, como en pena
de que su objeto no llena,
¡terrible cosa es nacer!                                                                                910
Al que tranquilo, gozoso,
vive entre aplausos y honores,
y de inocentes amores
apura el cáliz sabroso;
cuando es más fuerte y brioso,                                                                  915
la muerte sus dichas huella,
sus venturas atropella;
y yo, que infelice soy,
yo, que buscándola voy,
no pudo encontrar con ella.                                                                     920  

Luego, recalca como cuanto más infeliz y atormentado se vive, más parece el destino alargar la vida. Como ocurriría en el soliloquio de La vida es sueño de Calderón de la Barca, con el personaje de Segismundo, los dos personajes reflexionan sobre la vida y el destino, el sufrimiento de haber nacido. Nacer para sufrir, uno de los tópicos más importantes de esta etapa romántica. Ve tan lejos la muerte que el hecho de esperar es otro motivo para sufrir.

Aparece la primera referencia a Doña Leonor, cuando dice estar buscándola, pues la desaparición de esta posiblemente fuera la causa de este discurso. Él solo será feliz si logra encontrarla.

Mas ¿cómo la he de obtener,
¡desventurado de mí!,
pues cuando infeliz nací,
nací para envejecer?
Si aquel día de placer                                                                                   925
(que uno solo he disfrutado),
Fortuna hubiese fijado,
¡cuán pronto muerte precoz
con su guadaña feroz
mi cuello hubiera segado!                                                                           930
Para engalanar mi frente,
allá en la abrasada zona,
con la espléndida corona
del imperio de Occidente,
amor y ambición ardiente                                                                          935
me engendraron de concierto;
pero con tal desacierto,
con tan contraria Fortuna,
que una cárcel fue mi cuna
y fue mi escuela el desierto.                                                                        940

Encontramos referencias a ese sino, a ese destino que da nombre al título de la obra. Reflexiona sobre el origen de su desdicha, desde su nacimiento hasta su muerte, a la que reclama. Para él, la única vez que pudo consumar su amor con Leonor, hubiera sido de lo más dichoso que le hubiera podido ocurrir en toda su vida si le hubiese sonreído la fortuna.

Después, vemos algunas referencias al Perú cuando dice: abrasada zona / del imperio de Occidente, lo que nos revela su origen latinoamericano, cuyo parentesco le llevó a la península y lo que le llevaría a criarse entre bárbaros, como se puede leer en los siguientes versos, tras el trágico accidente del que fue testigo y a la vez, protagonista:

Entre bárbaros crecí,
y en la edad de la razón,
a cumplir la obligación
que un hijo tiene, acudí;
mi nombre ocultando, fui                                                                            945
(que es un crimen) a salvar
la vida, y así pagar
a los que a mí me la dieron,
que un trono soñando vieron
y un cadalso al despertar.                                                                          950
Entonces, risueño un día,
uno solo, nada más,
me dio el destino, quizás
con la intención más impía.
Así en la cárcel sombría                                                                              955
mete una luz el sayón,
con la tirana intención
de que un punto el preso vea
el horror que le rodea
en su espantosa mansión.                                                                           960

Tal desastre fue la muerte del Marques de Calatrava, que consiguió que este se apartara de su amor y así una serie de catastróficos hechos le sucumbieron en un amargo sufrimiento y en el que un sentimiento de culpa y de pesadumbre le conmueven. Y así empieza a recordar el por qué de su sufrimiento y amargo destino.

¡Sevilla! ¡Guadalquivir!
¡Cuál atormentáis mi mente!...
¡Noche en que vi de repente
mis breves dichas huir!...
¡Oh, qué carga es el vivir!                                                                           965
¡Cielos, saciad el furor!

Sevilla, la ciudad natal de Leonor, los acontecimientos que allí sucedieron y la vorágine de recuerdos que le invaden, como el trágico accidente del disparo, le hacen suplicar a los cielos que estos acaben con su vida, no lo soporta más, quiere desfallecer de una vez o que éstos lo tranquilicen.

Socórreme, mi Leonor,
gala del suelo andaluz,
que ya eres ángel de luz
junto al trono del Señor.                                                                             970
Mírame desde tu altura
sin nombre en extraña tierra,
empeñado en una guerra
por ganar mi sepultura.
¿Qué me importa, por ventura,                                                                 975
que triunfe Carlos o no?
¿Qué tengo de Italia en pro?
¿Qué tengo? ¡Terrible suerte!
Que en ella reina la muerte,
y a la muerte busco yo.                                                                               980

Tras esto, invoca a Leonor, suplicando que ésta la salve desde el cielo, pues la cree muerta, y ya nada puede apaciguarle. El amor le impide olvidarla y se refiere a su lucha como forma de encontrar su muerte en esa tierra a la que no pertenece. Para él morir por amor sería un honor, y por eso este pasaje podría ser una referencia al suicidio.

¡Cuánto, oh Dios, cuánto se engaña
el que elogia mi ardor ciego,
viéndome siempre en el fuego
de esta extranjera campaña!
Llámanme la prez de España,                                                                    985
y no saben que mi ardor
sólo es falta de valor,
pues busco ansioso el morir
por no osar el resistir
de los astros el furor.                                                                                   990
Si el mundo colma de honores
al que mata a su enemigo,
el que lo lleva consigo,
¿por qué no puede...?

Y termina este monólogo con una serie de reproches a sus adeptos, implorando que el origen de su valentía no está en otra cosa que no sea el amor por su amada y la ausencia de ella será lo que colmará su muerte. Y si muere, será por ella, porque ya nada le importa y si no es en el campo de batalla, será el mismo quien se de a sí mismo muerte, sin importar que haya honor o no en ello, como acaba preguntando y dejando en el aire para que el autor recapacite.

Entonces, Don Álvaro se muestra así en este monólogo, con ese tono bastante melancólico, oscuro y suicida. Sin su amada ya no hay quien lo consuele y este soliloquio a modo de desahogo será lo que le acercará al público y poder mostrar sus verdaderos sentimientos, estableciendo cierto orden entre ellos. Se augura ya el trágico destino que le espera a nuestro protagonista, que como ya mencionaba en algunos de sus versos, se decide en cuanto uno nace.

Ángel de Saavedra, Duque de Rivas

Don Álvaro o la fuerza del sino

Y esta será la obra que comentaremos en las próximas entradas. Aquí les dejo con la obra de teatro, que tengáis un agradable visionado:


Estudio 1 de TVE, obra teatral: Don Álvaro o la Fuerza del Sino, del Duque de Rivas. Intervienen: Ana María Vidal, Francisco Valladares, José María Escuer, José Luis Lespe, José Franco, Esperanza Alonso, Jacinto Martín, Francisco Matesanz, Francisco Marsó, Antonio Moreno, Antonio Quipo, Esperanza Navarro, Mari González Nicolás Dueñas, Álvaro de Luna, José Sepúlveda, Carmina Cortés, José Franco, Vicente Vega, José Caride, José Jara, Guillermo Carmona, José Luis Lespe, Antonio Acebal, Emilio Ramos, Francisco José Díez, Lola Lemos, José María Celdrán, Ignacio López y Juan Bautista Lado.

viernes, 9 de mayo de 2014

El sainete de Juan Ignacio González del Castillo

El payo de la carta

Antes de adentrarnos en los autores del siglo XX y XI, vamos a comentar un sainete (como podéis leer en el título de la entrada) del autor gaditano, Juan Ignacio González del Castillo, y se trata de El payo de la carta.

¿Y qué es un sainete? os preguntaréis... Pues es una pieza teatral en un acto, de carácter jocoso, que se representaba en el intermedio o al final de una función durante los siglos XVIII y XIX.

Atiborró al Teatro Principal de Cádiz de sainetes, donde trabajaba de apuntador. Dirigió el majismo andaluz, proveniente de la literatura de cordel o el folclore, a los tablados, y por eso se le consideraba un adelantado del costumbrismo romántico. Sin embargo, se trata de un costumbrismo inmovilista preñado de crítica ilustrada y liberal, con un lenguaje repleto de prevariaciones idiomáticas por parte de los payos, gestos y movimientos de los actores, tonos, degradaciones metafóricas y metonimias, comparaciones, hipérboles e ironías. Tampoco faltaban los bailes o la música y canciones (como coplillas, tonadas, seguidillas...).

El payo de la carta se configuraría como un sainete burlesco de tipo rural y tradicional. Aparece una oposición clara de primera mano: el mundo de la nobleza o burguesía frente al mundo más popular.

No se especifica nada en las referencias y escenografías (románticas), la escenografía tiene mucho que ver con lo pintoresco y costumbrista mientras que en este caso encontramos una mímesis abstracta y esquemática de carácter fantástico.

Aquí tenéis el enlace para leer la obra: El payo de la carta.

Estamos ante una obra metateatral, el sainete se queda en las puertas. Lo que hace es conectar con la obra que hace hasta ese momento.

Hay unos defensores de la obra del teatro español. Un intento de reivindicar toda la obra de los Siglos De Oro, Lope y Calderón, de la tradición española frente a la tradición francesa o de la ópera italiana, los mismos actores se quejan de que no tienen de que comer e intentan obligar al rey a que prohíba la representación de obras extranjeras o que lleguen nuevas compañías de comedia italiana.

Pieza clave: la música, porque frente a la música francesa y los bailes como el minueto y demás, hay un intento de defender la música española. Hay una reivindicacion de lo nacional y al mismo tiempo, una manera de enganchar al público. En esta época LA CARAMBA, LA TIRANA eran tonadilleras (actrices que han tenido éxito por las tonadillas, que eran canciones, a veces bailables que siempre se ejecutaban con aires picarescos que son muy del gusto popular) de estas tonadillas. El mundo de lo andaluz y de lo gitano empieza a reivindicarse ya en este tipo de composiciones. Las majas de Goya donde encontramos a personas como la duquesa que se viste de maja (moza del pueblo) los aristócratas copiaban las vestimentas francesas, pero hay una reivindicación popular a través del majismo los chavales vestidos de toreros y las chavalas con mantillas. A veces se habla de aplebeyamiento.

Otro espacio que servía para socializar eran las cafeterías. Allí se formaban muchísimas relaciones amistosas.



Uno de los elementos más significativos de esta obra sería el mal uso del lenguaje (una forma de caracterizar a estos personajes rústicos). Esa falta de conocimiento del idioma los pone en desventaja y en una relación de inferioridad de fuerza y de poder con respecto al resto.

Los personajes son personajes populares, se diferencian en este caso de que no hay muchos personajes elevados, LA GRACIOSA y LA CUARTA de la compañía. No hay realmente un enfrentamiento social muy claro entre uno y otro, el enfrentamiento más bien es de carácter cultural. La sociedad esta acostumbrada a convivir con unas pautas que establece la ciudad y los personajes vienen de campo y con otros intereses que se fundamentan con el sostenimiento de la vida diaria. La representación esta justificada por la celebración de una fiesta. Como no hay costumbre de representar pues se acude a BARTOLO, que lo envían a la ciudad a instruirse. Esa ignorancia es lo que facilita la comicidad de esos entremeses.

En la forma de expresarse que tiene el personaje de BARTOLO observamos cierto parecido a algunos monólogos de SANCHO en El Quijote. Sobre todo cuando habla del campo.

Para terminar, cabe decir que este tipo de sainetes o bien terminan a palos o termina el ALGUACIL estableciendo orden. El sainete como el entremés, provoca una alteración del orden que se sigue en la comedia o el drama, que proponen un sistema de vida o estructuración social jerárquica que el sainete descompone. Vuelve a recomponerse ese sistema social que se había descompuesto por el sainete. Se favorece la distensión que el espectador ha visto hasta ese momento cómico.